Memorias de un anciano - Por Humberto F. Leonelli

    Author: Tito Naddeo Genre: »
    Rating

    Memorias de un anciano.

    Por Humberto Francisco Leonelli.

    Las reminiscencias que aquí se describen son parte del período que me tocó vivir en mi niñez en la zona rural, hechos y costumbres que me sirvieron para enriquecer conocimientos y saber reconocer el gran sacrificio del hombre de campo de aquellas épocas, para cumplir con sus tareas diarias.    

    Con ellas solo he querido recordar y homenajear a esa gente que dio tanto por tan poco. 







    Capítulo I: De Crotos y Linyeras 
    Leyendo los libros de Don Ángel Mele, me han traído a la memoria infinidad de hechos y costumbres que tuve oportunidad de ver y apreciar durante mi niñez y permanencia en campos de la zona, hasta llegar a la edad de ocho años y comenzar la primaria. 

                Década del treinta (*), época en la que proliferaban los linyeras, luego llamados “crotos”, denominación que se les dio por el apellido del Gobernador Croto. Era enorme la cantidad de personas en esas condiciones,  cuyo destino fue errabundo y que seguramente no fue elegido pero sí provocado por alguna circunstancia especial, ya sea porque eran soñadores y no querrían trabajar de pobres, o porque no habían nacido para el trabajo y no les gustaba depender de patrones o porque habían sufrido algún desengaño sentimental o directamente por la falta de trabajo a consecuencia de la tremenda crisis de esa década.    

                El Gobernador Croto les dio algunas franquicias que anteriormente no las tenían, entre otras cosas, no ser investigados o perseguidos, viajar libremente en los trenes de carga, etc. etc. 

                 Dentro de estos personajes solían aparecer algunos con una notable cultura. Hoy no tenemos linyeras porque existe la limosna que percibe un jefe de hogar y que para los índices de desempleo, éstos son considerados como personas ocupadas. 

                En algunas estancias existían las “croteras”, espacio destinado al albergue de éstos, donde tenían para cocinar víveres, especialmente la carne, que generalmente la proveía el establecimiento, y un lugar para dormir. 

                También caminaban los campos los mercachifles, vendedores de a pié con un tremendo fardo, a modo de mochila, sobre sus espaldas, llamados “turcos”, pies en su gran mayoría eran de esa nacionalidad o de algún otro país del medio oriente. Pernoctaban dos o tres días en cada lugar hasta agotar todas las posibilidades de venta de la mercadería de su negocio errante. 

                Luego cambiaban de puesto o estancia eligiendo siempre un destino donde de antemano sabían que tendrían espacio para dormir y no le sería restringido el alimento. Eran conocidos en la región. Sus visitas eran reiteradas, generalmente dos o tres veces al año. Vaya un recuerdo para el “Turco” Amado. 

                Era famosa la estancia “Las Armas” de Samuel Ortiz Basualdo, por el número de personas de paso, que diariamente pernoctaban, satisfaciendo su apetito junto con la peonada y durmiendo en los galpones. Muchas veces se carneaban hasta dos vaquillonas por semana para ese fin. Entre ellos había mercachifles, linyeras, algún “tumbiador” que no había podido llegar a destino y/o simplemente personas de paso que solicitaban permiso por una noche, pedido que nunca les era negado.  

    (*): Aquí el autor se refiere a la década de 1930.
      

    Capítulo II: Apolinario Bravo “El tumbiador” 

    El “tumbiador”,  es un personaje muy bien descripto por Don Ángel Mele en su primer libro, a quienes junto a los “crotos” les dedica unos versos con el título “Que Dios los tenga en la gloria” en uno de los cuales dice: 

    “Don Aldana, de Maipú
     ya de crotiar aburrido
     siempre el mismo recorrido
     de “Navas” a “Langueyú”
     y con su misma virtud
     con aire de hombre empresario
     don Bravo Apolinario
     muy tumbiador en lo puestos
     y siempre estaba dispuesto
     pa’ hacer algún comentario.” 

                Don Apolinario Bravo, fue un personaje que conocí y con el cual conviví, siendo yo niño. Estando en el campo he visto a otros tumbiadores, pero solo me voy a referir a Don Apolinario por ser la figura que Don Mele menciona en su libro.  

                Periódicamente aparecía por el puesto donde yo vivía y se quedaba  de veinte a treinta días. Muy conocido y aceptado en la casa, apreciado y de confianza. Compartía la mesa con la familia. Don Apolinario, hombre gordo y petizón de unos cincuenta años con costumbres de tumbiador, llegaba trayendo noticias y si no las tenía las inventaba.  

              Como era ya conocido, no tenía dificultades y nada que inventar para pasarse los días tumbiando. Tenía la psicología necesaria para ello, conocía la forma más práctica para vivir en casa ajena sin mucho sacrificio. 

                Hacía algunos trabajos menores que ayudaban a la patrona, pues era con ella con la que tenía que congraciarse para no caer en desgracia.  Traía leña para la cocina, afilaba los cuchillos, carneaba algún capón que ya estaba tizado para el consumo, acarreaba agua, desgranaba maíz para las gallinas y les daba de comer, barría la cocina cuyo piso era de tierra, traía y encerraba las vacas lecheras, madrugaba (al decir de Perón: “…al p…pero temprano.”), prendía la cocina, calentaba agua para el mate y preparaba el churrasco con singular maestría, función esta que le era de sumo agrado.  

                Todas tareas muy livianas que no requerían sudor y que le permitían tumbiar. Nunca lo vi curando la sarna a una oveja, a pesar de que se encerraba todos los días, a esos efectos. Su viveza de tumbiador experimentado y dispuesto de tiempo para observarlo todo, le indicaban que en los niños está la debilidad de los padres. 

                 En mi caso que era el único niño de la casa, recibía de él todo tipo de atenciones. Me llevaba con él a caballo cuando traía las lecheras, más tarde me enseñó a andar a caballo. Me enseñó a desgranar maíz con una varilla de hierro de perfil doble “T”, sobre un cajón en el que se ponía un asiento de cuero de oveja doblado, también me enseñó a tirar la taba, práctica que hacíamos todos los días, me construyó un látigo, un rebenque, un banquito de madera y muchas cosas más.  
                
                Realmente me sentí emocionado cuando leí su nombre en el libro de Don Mele. 

    Capítulo III: Costumbres camperas 

    Entre las formas, modalidades, métodos y/o costumbres que existían en el campo para realizar ciertas tareas, relacionadas con la explotación, que recuerdo y que hoy ya no existen y/o han cambiado las formas, debo mencionar “la yerra”, “La señalada”, la cura manual de la sarna en el ganado lanar, las tropillas con su yegua madrina y el nochero, ambos hoy existen pero en contados lugares. El resero y las chatas con mercadería de almacén de la Casa Olariaga, también existía.   

                Por supuesto, en aquellas épocas también había tiempo para el esparcimiento, recuerdo las fiestas criollas que se realizaban en la estancia “Los Nogales” de Don Francisco Barrionuevo, hoy propiedad de señor Enrique Díaz De Astarloa, organizadas por el mayordomo señor Bustos en las cuales reunía a todo el vecindario, las visitas entre vecinos los días domingo, reuniones para ponerse al día de los últimos acontecimientos, matear y escuchar música en el fonógrafo y/o grafófono, además de otros hechos y costumbres que ya pasaron a la historia por lo que pertenecen a nuestro folklore. 

    Capítulo IV: La Yerra y La Señalada.
     En la mayoría de los establecimientos de campo, hoy existen las mangas, herramienta que facilita la realización de muchas tareas relacionadas con el ganado vacuno. Pero antaño en muy pocos lugares existían estas comodidades, con lo cual los trabajos había que realizarlos “a corral” o “a campo” directamente   En una “yerra” se  marca y señala la hacienda nueva y se debe capar y descornar si son machos, salvo que se elija alguno para reproductor. 

                Esta tarea se realiza una vez al año a mediados del mes de mayo y en temporada invernal. Allí se juntan los expertos en el manejo del lazo, que se ocupan de pialar al animal que luego los ayudantes lo voltean y manean, pelándole un lugar determinado del anca, a los efectos de aplicar la marca que el marcador ya tiene preparada al rojo vivo en el fuego hecho de antemano por el fogonero y también un hierro para cauterizar la herida, en el caso de descornar. 

                Ese día comenzaba la actividad a las cuatro de la mañana o antes, con una mateada y luego la churrasqueada, mientras iban llegando los vecinos que luego colaborarían en las tareas de ese día, atención que sería retribuida cuando el vecino dispusiera la “yerra” en su campo. 

                Luego de un intenso trabajo, terminadas las tareas, generalmente para el medio día, disfrutarían todos los integrantes de un asado que al efecto se había preparado. 

                Al término del almuerzo, un merecido descanso con comentarios de la jornada, para  luego organizar una jugada de taba, lo que era tradicional en estos encuentros, que duraban hasta el anochecer. 

                La cebada de mate me producía muy buen rédito económico. Don Ángel Mele, en su libro "Entropillando Recuerdos”, publica unos versos con el título “Tiempos de yerra” y en la décima 7º dice lo siguiente: 

    “Seiscientas vacas de cría,
     con su “ternero” a la par,
     sabíamos “arrinconar”
     antes de venir el día,  
    ¡A veces!, pal mediodía,
     un rodeo se terminaba,
     el pisoteo quedaba, 
    ¡y mientras junto al fogón,
    la media res de un capón
    el Gauchaje saboriaba! “ 

                 La señalada, era una jornada similar a la de la “yerra”, siempre con la colaboración de los vecinos y la recíproca. 

                 Por supuesto aquí no se utiliza el lazo, no hay que marcar, no hay que descornar, hay que señalar, hay que capar y hay que descolar. 

                 La señalada se realizaba con poco personal, pues se embretaba y ahí estaban, el agarrador, el maneador, el que hacía la cirugía y algunos ayudantes más, dentro y fuera del corral.   Creo que no hay muchas variantes en cuanto a la realización de esta tares en la actualidad. 

                Terminaba la jornada igual que en la “yerra”, con asado, comentarios,  mate y descanso. Se culminaba el día con la consabida jugada de taba, la que duraba hasta el ocaso. 


    Capítulo V: La Sarna.
     Afección cutánea contagiosa provocada por un ácaro o arador, que excava túneles bajo la piel, produciendo enrojecimiento, tumefacción y una intensa picazón, se había instalado en el ganado lanar en toda la región.   

                Había que curar casi diariamente, aún así era imposible terminarla, pues siempre existía algún lindero que descuidaba y tenía sarna en sus majadas, produciendo con ello el contagio, alambrado por medio, al ganado vecino. 

                El método de cura era el siguiente; En un tambor o tina se preparaba el remedio para el lanar y/o veneno para la sarna, en base a un fluido “gamatox” o similar, mezclado con agua, luego se agarraba el animal de la majada que en la tarde del día anterior se había encerrado a los efectos y que en grupo reducido, se había pasado al brete, se volteaba y el curador buscaba el lugar donde estaba la sarna, aplicándole ese remedio/veneno, fregándole hasta envenenar bien el espacio afectado. 

                Debo decir que cuando la edad me permitió realizar alguna tarea de ayudante, agarraba, volteaba y alcanzaba el remedio. 

                No me olvido del topazo que me dio un  carnero cuando yo estaba de espaldas y mirando para otro lado. 


    Por muchos años existió ese sistema, hasta que ha mediados de la década del cuarenta (**), el Gobierno decretó la obligación de bañar el ganado lanar, no menos de una vez al año, por lo que fue necesario construir bañaderos de ovejas en todos los establecimientos o en su mayoría, hecho este que prácticamente terminó con ese tremendo flagelo y alivió enormemente las tareas del personal rural. 

                Lamentablemente, hoy son pocos los establecimientos que producen el ganado ovino. 

                Las reminiscencias descriptas son parte del período que me tocó vivir en mi niñez en la zona rural, hechos u costumbres que me sirvieron para enriquecer conocimientos y saber reconocer el gran sacrificio del hombre de campo de aquellas épocas, para cumplir con sus tareas diarias, aún sin haber mencionado los tiempos de parición y/o después de la esquila, cuando azotaba algún temporal, o hacer el retobado para que una madre lanar a quién se le murió su hijo, tome un guacho o mellizo, o el uso arado de mancera, o darle agua a la hacienda desde un jagüel, cuando el molino, por alguna circunstancia, no la sacaba, etc., etc. 

                Con estas memorias sólo he querido recordar y homenajear a esa gente que dio tanto por tan poco. Hoy con el avance de la tecnología, las tareas son menos sacrificadas. 

                                                                                                                   Humberto Francisco Leonelli (el anciano)  
            Maipú: Marzo de 2007 
                                                                                                                                          

    Leave a Reply

    Un paseo por el Museo Kakel Huincul

    Canal El Amigo

    Pequeños relatos, cuentos y anécdotas que hacen a nuestra historia lugareña,a lo largo de los últimos años.