Chiñora Chirila - Por Beatriz A. Viglietti de Parisi

    Author: Tito Naddeo Genre: »
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    Chiñora Chirila.

    Por Beatriz A. Viglietti de Parisi.




     - No me interesa la heráldica; sabes como soy de sencilla, sé que no merezco escudos porque sin héroes, artistas, ni literatos no corresponden, pero, gracias a Dios, tenemos apellidos dignos de vascos e italianos que nos legaron nuestros ancestros.  Me atrapa una incógnita ya que mi bisabuela matera “Justa”, hablaba de un indio o india en nuestros orígenes genealógicos.
       
    Así se expresó Ana, mi amiga, agregando que en la narración de Justa aparecían personas de tez y cabellos oscuros de su niñez olvidada. 

                 Haré un final a tu historia: por supuesto con ideas que almacena mi memoria de añejos escritos y versiones escuchadas.  Creo que una “cautiva” fue la protagonista de la tuya, recordando a Niria Larguía, hermana de Carlos Larguía, cadete de Caballería del Colegio Militar, muerto por herida de bala en el pulmón ocasionada por un francotirador desde la “Confitería del Molino” el 6-IX-1930.    
                 La citada exponía haber vivido en campos vecinos al arroyo Valcheta, cuyo caserío fue maloneado y saqueado, arrasando con jóvenes, enseres, utensilios y yeguarizos al mando del cacique Kucaché, que, al llegar con el botín, miró a las muchachas, arrancando la cadena y medalla de la más bella.  Llamó al lenguaraz de la toldería, quien dirigiéndose a ella le dijo:

      -   ¿Cómo te llamas? -  Cirila - contestó.  
     -    Aquí te dirán: “Chirila Chiñora”. 
     -    El jefe te eligió para él.  Te llevarán a su toldo que compartirás dividido por un cuero, con dos indias suyas.   No llores, aunque no te guste, no te queda otra.  Es tu destino.  Dormirás en el suelo, sin frío, cubierta con mantas, buena ropa y comida.  Conviene ser cariñosa y recuperarás el collar que te quitó.  El tiempo se te hará eterno al principio.  Hay brasas que calientan el ambiente y por un agujero de la parte superior sale el humo. 

    - Te veré de tanto en tanto junto a las otras para enseñarles a hablar y entender la lengua. 

                 Corría marzo.  A los 16 años, esa noche, con amor ardiente de él y lógico susto y desamor suyo, perdió la virginidad y la poseyó el salvaje varias veces.  Esto acontecía a diario, a distintas horas. 

                 Debería y consiguió hacerlo.  Kucaché era dulce y pronunciaba a su oído lo que supo después, eran bellas palabras. 

                 Las indias la odiaban y la maltrataban cuando podían, pues las tres no eran obligadas a trabajar.  No se quejó ni las acusó y grande fue su asombro cuando las sacaron quedando dueña del toldo.  Se bañaba y lavaba sus prendas en el arroyo Valcheta, cercano a la toldería, del cual se traía agua y pescaban. 

                 Cuando salían a cazar, el más diestro en hacerlo y bolear “choiques” era su marido que juntaba huevos de esas aves y nos deleitábamos comiéndoles asados a las brasas y con un palito como cuchara. 

                 El lenguaraz aprovechaba a reunirnos siempre que esto acaecía para enseñarnos el idioma que pronto aprendimos.  Allí oí lamentos de las que habían sufrido al ver sus hijos atados llorando de hambre por no poder amamantarlos hasta terminar sus tareas.  Tampoco las dejaban beber sangre de yeguas recién carneadas que era su deleite como castigo por ser duras al requerimiento de amor de sus hombres. 

                 Malestares estomacales, obligaron a Chirila a llamar a Ucuñué, la curandera que luego de revisarla dijo: -va a tener un hijo- y pitando su pipa, desapareció diciendo: cualquier cosa me avisan. 

                Kucaché le colocó la cadena de oro al cuello y acariciándola con dulzura le hizo el amor.  Cirila sintió un gozo extraño, le besó la mejilla y los labios comprendiendo que comenzaba a amarlo, admirarlo por su valor y cariño. 
                 
                Varón feliz, salió mirando al cielo con los brazos en alto como lo hacía cuando cantando imploraba por lluvia, rogó al sol por la felicidad anunciada por la Ucuñué.  Contó las lunas adivinando fechas y al llegar el calor, ella pensaba en diciembre, a cuyos fines sintió terribles dolores por los que la curandera la condujo al lugar en donde la hizo colgarse de las ramas del árbol y haciendo fuerza alumbró por primera vez un bebé igual al padre al que llamaron Nahuelché.   

                 Año tras año llegaron otros vástagos: Utulita, única rubia de ojos azules; luego Pichicurá y Kakelché, los que al nacer bañaron junto a su madre en el arroyo. 

                 Cada maloneada a distintas partes volvían con mujeres, ropas, enseres y yeguarizos.  La primera en elegir era Cirila.  Los caballos se identificaban tanto con sus amos que volaban como el viento y a sólo silbidos venían.  En pelo salían eludiendo bañados, lagunas para llegar a donde los dirigieran. 

                 Poco pasó; apareciendo una madrugada un tropel de equinos montados por blancos que retornaron a “las casas” con cautivas, avisados por un capitanejo que traicionó a los indios que andaban por el monte persiguiendo un tigre.  Quedaron algunos solamente.  Antes de partir agarraron a Utulita y quisieron sacar a Cirila que abrazada a sus pequeños gritaba: ¡A mi, no!  Los soldados al ver que regresaba el cacique con los demás, enfilaron al poblado. 

                 Todas estas cosas las supe de grande.  Mi abuela me contó que tendría tristeza al enterarme lo no recordado de la infancia.     Una criada de los Forni, Panchita, supo por las cautivas viejas que regresaron a sus casas, la historia de Cirila, mi madre.   Yo fui Utulita, mis abuelos me llamaban Justa.  Me adapté a esta civilización nuestra que “nunca repetiré”. 

                 A veces me dan ganas de volver a la toldería, verlos a todos y los hermanos, que, seguro habrán seguidamente nacido. 

                 Podría haber sido hija de una africana violada en las bodegas de los barcos piratas ingleses y un marinero.  Tengo en cambio en mi raíz, un indio infiel que con orgullo admiro.  Atacó en réplica a la usurpación y el ultraje de cristianos y pactó con Rosas y Ramos Mejía que los trataron bien.   

                  Hoy creo en Dios y profeso la fe.  Rezo por los míos, de razas distintas pero idénticas almas con los que me encontraré un no lejano mañana. 

                 El abolengo no interesa, sí el proceder, la caridad, la veracidad;  pues como dijo Nuestro Señor:  

    “Cada uno será juzgado de acuerdo a los talentos que recibió”. 

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    Bibliografía: Álvaro  Junque – Lucio V. Mansilla – Félix Coluccio. “Relatos sobre costumbres de tribus pampas y piedras”. “Narraciones de tradición oral."

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