Noches inolvidables del club Ferroviario - Por Rogelio Hann.

    Author: Tito Naddeo Genre: »
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    Pinceladas de los barrios

    Noches inolvidables del Club Ferroviario

    Por Fernando Rogelio Hann.

    De pié: (de izquierda a derecha) Marcelino (contrabajo) – Varela (cantor) – Chiavola (violín)
    Sentados: (izquierda a derecha) Rogelio Hann (bandoneón) – Roberto Varela (bandoneón) – Nonín Etchelet (piano) – Cardozo (bandoneón)
    Como cantante habían incorporado a una señorita llamada Isolina Bustamante con el nombre artístico de Lina Reyes. (Datos aportados por el autor de la presente historia)


            Las noches lindas de un “¡Ferroviario del pasado!, donde la barra en derredor de un mostrador de madera, tambaleante por el paso de los años y la falsa escuadra del piso, se reunía todos los días a la hora del “copetín”, pero la tenida fuerte era para los días sábados, Noche de Gala. El tango, el canto, el zapateo junto al folclore y el recitado, estaban a cargo de los parroquianos, que teníamos una parte del club.

            La cosa terminaba generalmente cuando “venía clareando el día”, como dice la gente de la noche. El patrón de la cantina, Don Domingo Garmendia, para nosotros “Mingo”, junto al mozo Cholito Moracci, buen mozo, buena persona, saco blanco y corbata negra, que se ocupaba con diligencia de atender a todos los parroquianos. Nunca faltaba el bandoneón de Santiago Guerra, un lujo en la ejecución, la guitarra de Ironel Rodríguez, muy delicado en lo suyo. Algunas noches, cuando la ocasión lo permitía, previo pedido, utilizábamos el piano del club, el acompañamiento, muy simple, cucharas, botellas y el mostrador, a cargo de los que les iré contando.
            La tenida comenzaba a la hora del “copetín”, la barra con el “pico caliente”, se retiraba a cenar, en tanto algunos que vivían un poco lejos y para no perder detalle, se quedaban comiendo algún chori pan que “Mingo” les preparaba.

            En esas noches de intenso frío del invierno, nadie faltaba a la cita. Y… con el clásico –¡Qué se va a servir?- del mozo, para el que llegaba, cuando la barra estaba casi completa, se iniciaba “la noche, el bandoneón, la guitarra, el bombo y la batería (llámese mostrador), dirigida por Don Pedro Sieddi (“Perico”)

           Se formaba la rueda, pero con una premisa, el que no canta, no zapatea o toca instrumento, tenía que “pegar la vuelta”, es decir retirarse. Mientras la cantada estaba en pleno desarrollo, aparecían a cierta hora de la noche, Mario Fernández “el hombre de la cerveza”, Tono Rubieles, tan bueno como grande, el Negro Villalba, el morocho del bandoneón, Julio Buchicardi (un piano en la noche) Víctor Coronel, otro de la batería con cuchara. Fernando Rogelio Hann, un bandoneón que recién se iniciaba.

            El colorado Yob, una batería de primera línea, con el mostrador. Carlos Alberto Molina, el hombre de la Manzanilla. Godo Buchicardi, el negro. Luis Eduardo Torres “orejero de la maestra”, un gran amigo, compañero de escuela mío. Horacio Carrera “El malevo”. Ricardo Sasiain, gran bandoneonista. Los hermanos Espondaburu (“un refusilo en el zapateo”)

            Mientras la noche continuaba en su andar, solían parecer, Dante Cano “el elegante”, “fósforo Gloria”, por su gorra azul cuando jugaba al fútbol. Domingo Marzzellino, hombre de batería contrabajo. Rubén Marzellino, hijo de Domingo, gran cantor de tango. Mario Coronel, hermano de Víctor, otro de la batería con cuchara. Los hermanos Varela, uno para la batería con cucharas, el otro gran bandoneonista con su orquesta típica y jazz, con las voces de Rubén Marzzellino y Juan Carlos Muñoz y la estelar presentación de Lina Reyes. Todos juntos hicimos aquellos memorables Bailes de Carnaval en el Club Ferroviario.

            Otros que integraban la reunión de aquellas noches eran; Chiche Lazzatti, el hombre serio de la barra y los hermanos Arriba.
            Y… con el correr de la noche, cuando ya se escuchaban los primeros cantos del “gallo madrugador”, los “chochamus del Riel” que venían con algún tren de carga o pasajeros, se traían algún “tapado” para la trenzada, pero siempre muy buena gente y respetuosa.

            El tiempo ha transcurrido, pero cuando los años pasan, los recuerdos florecen en el PRESENTE.

                                                                                                                                 Fernando Rogelio Hann                                               Maipú – Marzo de 2014.
           



     

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