Maipú; Dos familias en su historia - Por Sofía Laferrere de Pinedo

    Author: Tito Naddeo Genre: »
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    MAIPÚ: Dos familias en su historia. 

     Por Sofía Laferrère de Pinedo 




    Chalet de estancia Miraflores, lugar desde donde Don Francisco Hermógenes Ramos Mexía fundó el gran territorio que incluyó al aborigen integrándolo, lo que les permitió vivir en armonía  dentro de sus límites.

                   1875, 1876... Las tribus indígenas confederadas al mando del legendario cacique Namuncurá, arrasan la Provincia de Buenos Aires, desde Alvear hasta Tandil , con lo que serán las últimas incursiones de los araucanos. 

                 1879... 15.000 leguas cuadradas de tierras “las más ricas y fértiles de la República”, son ganadas para la civilización y el orden por el general Julio A. Roca, quien tras larga y sangrienta lucha doblega al indómito salvaje. 

                 De ahí en más esas pampas surcadas por los malones se convertirán en un territorio de progreso ilimitado, que modelará  y transformará a todo un país y que sólo la pequeñez y la demagogia de algunos gobiernos detendrá. 

                 Pero esas pampas castigadas y feraces no habían sido siempre un desierto abandonado. Tenían su historia y sus poblaciones sus pioneros y sus leyendas y es bueno que las generaciones de hoy conozcan estos episodios y sepan que los adelantos y las riquezas no se hicieron fácilmente, sino con sacrificio, con privaciones y con sangre. 

                 Maipú, cabecera del Partido del mismo nombre, desprendimiento del viejo partido de Monsalvo, que se extendía desde el Rincón de Ajó hasta el río Quequén Grande, nació como pueblo en 1878, hace 100 años, y es una de esas comarcas habitadas por la historia.  Mucho antes, en 1815, un pionero visionario, Don Francisco Ramos Mejía, concreta con la Provincia, la compra de 64 leguas de tierra al sur del Río Salado, más allá del fuerte San Martín, en la frontera de Kakel Huincul y, con los indios pampas, sus dueños naturales, el derecho de uso de esos campos. 

                 Don “Pancho” Ramos formó, entonces, su estancia “Miraflores”, acompañado por su joven esposa, Doña María Antonia Segurola y tres hijos menores de cuatro años. Desafiando los peligros y la incertidumbre, una familia de alcurnia se traslada en carreta por terrenos sin caminos y sin huellas, hacia la soledad, fuera de las líneas de demarcación de nuestra frontera, emprendiendo una de las tantas aventuras que hacen a una Nación. 

                 A poco de tomar contacto con los indígenas de la región - a quienes no desalojó de sus tierras - supo ganarse su amistad y su confianza. Les enseñó a trabajar, a plantar árboles, a arar con caballos, a tejer mantas y ponchos y les inculcó principios morales y religiosos que pretendió adaptar a su mentalidad primitiva. 

                 Ramos Mejía era un místico idealista y puritano. Estudió filosofía y Teología en la Universidad de Chuquisaca, cuando aún no se habían apagado los ecos de la sublevación de Tupac-Amarú. 

                 La actitud heroica del inca que quiso redimir a su raza oprimida, dejó en él, huellas que marcaron su futura acción. 

                 La sangre protestante que le venía por línea materna, influyó sin duda en la orientación personal y rebelde de sus originales ideas socio-religiosas. Este señor de las pampas, que vestía y montaba a la inglesa, soñaba con un destino auténticamente americano.     

                Vivió con su familia en una humilde casa de adobe, con privaciones que hoy son difíciles de imaginar. Brindó fraternalmente al salvaje sus conocimientos civilizados y - convencido de que el indígena educado sería rescatable y útil para la sociedad moderna - convirtió su estancia en una suerte de reducción jesuítica. El aprecio que por él tenían tenían los indios, le permitió vivir sin sobresaltos en un oasis de tranquilidad. 

                 El gobierno reconoció su esfuerzo (1) y requirió sus buenos oficios para lograr la pacificación de las tribus. En representación de dieciséis caciques firmó con el gobernador Martín Rodriguez, un tratado de paz y ofreció sus bienes y su persona  en garantía del cumplimiento de los pactos.  Desgraciadamente los araucanos, azuzados por oficiales proscritos y por el chileno Carrera, violaron la convención y este es el principio del fin, con una serie de desinteligencias, incomprensiones y actitudes violentas y crueles que culminaron con el allanamiento de “Miraflores”, la expulsión perentoria de Ramos Mejía y su familia y su confinamiento en “Tapiales”, su otra estancia de La Matanza, donde murió en 1828, a los 55 años. 

     Sus hijos Francisco, Matías y Ezequiel, heredaron su amor por la justicia y la libertad y, siendo partidarios del unitarismo, no tardaron en incorporarse a la oposición al gobierno de Don Juan Manuel De Rosas. 

                Los “Libres del Sur”.  “Tapiales” y los campos de Monsalvo fueron los centros de la insurrección de los “libres del Sur”, que tenían por objetivo unirse a las fuerzas que organizaba Lavalle, para asestar un golpe definitivo a la tiranía. 

                 Allí se juntaron los hombres y la caballada, contándose entre los más fieles de la partida a Don Francisco de Bernabé y Madero, cuñado de Matías Ramos Mejía. 

                 Pedro Castelli, nombrado jefe del movimiento, se estableció a orillas de la laguna de Chascomús “con su escolta y el lujoso escuadrón formado por hacendados de Monsalvo y Dolores, jóvenes y ágiles, bien montados en excelentes caballos, con arneses y arreos de plata, vistiendo el chiripá de rico brocatel azul ajustado a la cintura, con el tirador adornado de monedas de plata y oro, que acusaba la posición social a que pertenecían y que abandonaban patrioticamente para trastocarla por los azares de una campaña militar que prometía estar llena de riesgos y privaciones (2). 

                 Tras lucha desigual, los “libres del sur” fueron derrotados y Castelli decapitado y expuesta su cabeza en la Plaza de Dolores, pero el espíritu de los patriotas no se amilanó. Los Ramos Mejía, Madero, y otros sobrevivientes, marcharon a reunirse con Lavalle, participando en numerosos combates. No abandonaron a su jefe ni después de su asesinato en Jujuy, pues transportaron sus restos en trágica huída a través de la Quebrada de Humahuaca, hasta darles cristiana sepultura en Bolivia. 

                En Córdoba, Francisco Ramos, había sido degollado por la mazorca, su madre debió radicarse en el Brasil y los campos de la familia fueron confiscados. A Brasil, fue también Francisco B. Madero y otros amigos, en viaje cargado de peripecias y en Paranaguá instaló un negocio de yerba. Allí casó por poder con Marta Ramos Mejía, hija de “Don Pancho”, quien después se reunió con él.  La familia volvió a Buenos Aires, después de Caseros y a partir de 1852, recuperó sus propiedaddes. 

                 En seguida los Ramos Mejía comenzaron a organizar sus estancias y Madero el establecimiento “Chacabuco”, que pertenecía a su mujer, y el “Vecino”, que él había adquirido, ambos en Monsalvo. 

    La vida en la estancia. 

                 El matrimonio Madero-Ramos Mejía tuvo siete hijos. Por los años 70 (1870), las obligaciones políticas obligaron a Madero a residir en la Capital y encomendó a Ernesto, el manejo de la estancia, donde permaneció durante muchos años. 

                 De este período nace una copiosa correspondencia entre padre e hijo, que habla a las claras de la difícil existencia de los estancieros que vivían en provincia, de la sencillez de sus costumbres y maneras, de una emocionante unión y respeto familiares y de la constante preocupación por el adelanto y mejoramiento de su zona de influencia. 

                 No faltan los relatos de los penosos viajes que se hacían desde Dolores- terminal del ferrocarril del sud- y para los que se utilizaban sulkys, volantas o galeras, que con frecuencia hundían sus ruedas hasta la maza, en esos caminos cruzados por cañadones y que, en épocas de inundación se convertían en lodazales casi intransitables- paradójicamente algo similar a lo que ocurre en la actualidad en caminos de esos mismos lugares, que aún esperan el asfalto, mientras ya los planificadores sueñan con aerotrenes. 

                Del poco lujo que los rodeaba, es testimonio una carta en la que Ernesto cuenta a su padre de los aprietos en que se vieron ante la visita de Carlos Pellegrini, Luis Lagos García, Mariano Marenco, porque no podían darles camas y debieron dormir “sin sábanas en dos catres pelados y un sofá para Pellegrini”, quien venía descompuesto del viaje en sulky” y con almohadones y unas cobijas de colchón” para acomodarse mejor. 

    Civilizar el campo. 

                A partir de 1875 comienzan ambos a preocuparse por la formación del futuro pueblo de Maipú, respondiendo a una inquietud de numerosos vecinos, entre los que no faltaban los Ramos Mejía. 

                 Madero trazó los planos del pueblo que se asentó sobre terrenos de su propiedad de “El Vecino”.  Con tenacidad buscó el apoyo del gobierno para conseguir su reconocimiento como cabecera del Partido de Monsalvo, al que luego se llamó Maipú por pedido del vecindario. De la traza original que constaba de 94 manzanas, donó las correspondientes a la plaza principal, a la iglesia y casa parroquial, a la Municipalidad y juzgado de Paz, a las escuelas de niñas y varones, cuatro manzanas para plazas en los cuatro ángulos del pueblo y cuatro quintas de cuatro manzanas, una de las cuales sería el cementerio. Destinó, además, al erario un solar en cada una de las 94 manzanas. 

                 Su mano estaba en los más mínimos detalles y es encomiable la solicitud que demostró para resolver los problemas que iban surgiendo: la constitución de una comisión de vecinos para el fomento del pueblo; la compra de elementos para la erección y funcionamiento de la iglesia que hizo construír de su propio peculio y que pidió se terminara en 1876, “a cualquier costo”, las engorrosas tramitaciones para que la línea del telégrafo y el ferrocarril llegaran a Maipú. La aprobación de los planos para los edificios públicos, el nombramiento de autoridades, la mejor marcha de las escuelas... 

                 Ernesto lo secundó fielmente. Fue el intérprete y el ejecutor de su voluntad y aunque no le gustaba la función pública, no rehuyó la responsabilidad de aceptar por tres períodos el Juzgado de Paz. 

                 Con un poco de anterioridad a esa época, Monsalvo estuvo presente también en los acontecimientos de 1874. En las inmediaciones de “Mari-Huincul”, de Matías Ramos Mejía, acampó la Guardia Nacional, con caballos y armamentos que, en parte, él proveyó. En los campos de “La Verde”, hacia donde se dirigieron, encabezados por el Gral. Mitre, resultaron vencidos por tropas leales al gobierno y Matías cayó gravemente herido. 

                 Francisco Madero ocupó destacadas posiciones de gobierno hasta su muerte en 1896. A pesar de su natural modestia, eran conocidas sus cualidades de organizador, su integridad y la firmeza de sus convicciones, por lo que en él se pensó para completar la fórmula presidencial junto al Gral. Roca. 

                 Terminado su período, aceptó la intendencia de Maipú. En épocas en que cuesta tanto bajar de los pedestales, ejemplos como éste o el de Sarmiento, quien se puso al frente de la educación primaria después de su presidencia, nos enseñan que no son los altos cargos los que engrandecen a los hombres, sino que son éstos quienes los dignifican con su idoneidad y su vocación de servicio. 

                 Monsalvo y Maipú nos hablan de un pasado rico en experiencias y en acciones heroicas. Muchos hombres de estas tierras, de todas las condiciones sociales, escribieron juntos páginas que deberían destacarse.  Pero Don Francisco Ramos Mejía, el incomprendido, el patriarca místico y austero, nos hechiza como una leyenda. Y Francisco Madero, por su vida de luchas entregada con fervor a una causa, por su amor y fe inquebrantable en el campo argentino, por la probidad con que se consagró a la República, es uno de esos arquetipos cuyo recuerdo marca rumbos. 

                 Tanto él como el “gran heresiarca del Sur” y sus hijos, representan a esas generaciones que supieron vivir en el bienestar que les dio su rango, pero que también supieron llevar el adelanto al desierto y acudir virilmente al llamado del deber, aunque ello signifique arrostrar peligros y privaciones sin cuento. Nunca titubearon en abandonar todo para servir a la patria, sin esperar nada de ella. 

                En el centenario de Maipú, debemos rendirles un merecido homenaje. 

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    (1): En una declaración pública dice el gobierno: “Ramos Mexía a costa de grandes sacrificios, de mil peligros y haciendo expensas grandiosas para tener gratos a los indios, ha sostenido sus establecimientos, cuyas ventajas para el país exceden todo límite”.
    (2): Héctor G. Ramos Mejía. Historia de la Nación Argentina.

                                          Diario La Prensa: 24 de diciembre de 1978. 

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